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Cuentos de ciudades pestilentes

Texto: Alfonso Forsell @alfonsoforssell    Ilustración: Raúl Velázquez

Eran las 2:36 pm de un día cualquiera de 1992 cuando Francis de Smedt, con una pistola en mano y una multiplicidad de ideas en la cabeza sobre la tensión política y poética de espacios urbanos caminaba por las calles del centro de la, específicamente en el recodo formado por las calles de Caridad y Obreros. En ese momento, un observador más novelesco que perspicaz de ese peculiarísimo hubiera conjeturado una de dos cosas: que era un pinche gringo en camino a tronarse a alguna bribona prostituta de cabello rojizo —pues las furcias de cabello rojizo y piel cobriza representan la quimera de todo extranjero fustigado por la coca y el sol mexicano— o era un gringo desorientado por la coca y el sol camino a ningún lugar.

En cualquier caso hubiera sido difícil adivinar que Francis De Smedt más bien era un belga conocido como Francis Alÿs que, fiel a su senda, pretendía poner en manifiesto la invisibilidad que acarreamos en nuestro andar por las ciudades en la que nadie presta atención a nadie y asume con indiferencia cualquier tipo de actitud. Es difícil creer que nuestro imaginativo observador hubiera abandonado la sombra de aquella vetusta tienda de abarrotes con intención de salvar a la rojiza damisela en peligro; pero supongamos que lo hizo. Quizá Alÿs reparó en este joven de gorra y mostacho ralo y adivinó sus pensamientos mientras dejaba atrás la calle de Obreros para adentrarse a Eje 1 con una sensación de morriña ventilada por ideas transversales sobre la memoria individual y la mitología colectiva, y por primera vez temió que su experimento encontrara una afrenta y, por lo tanto, una hipótesis desgranada. El joven tal vez pensaría en seguirlo unas cuantas cuadras, calibrar sus pasos. La selva citadina tiene sus propias reglas de rastreo, Alÿs las conoce, y acaso por eso, sintiéndose perseguido, hubiera renunciado a su ruta original para librarse de su cazador, virar sobre Manuel Doblado, después girar en República de Venezuela. El joven vería con alarma al gringo aproximarse al cruce con la esquina de República de Argentina. Podemos imaginar que Alÿs, a punto de doblar en la esquina, se sentiría inesperadamente atraído por aquellos arcos paquidérmicos que abrigan al Mercado Abelardo Rodríguez. Fiel a su querella contra la indolencia urbana, y a manera de eludir a su perseguidor, no es difícil suponer que hubiera cruzado el umbral para echar un ojo a los confines del mercado: buscar la magia en el abandono. A primera vista quizá hubiera creído que era un mercado más, pero su mirada es osada, y su cabeza embrollada con la mística urbana no tardaría en definirlo como el hogar del fin del mundo, refugio intranquilo, el ombligo del mundo, dédalo de vegetales y confituras, la quintaesencia del germen, de los gruesos aguacates, la fritanga de la tarde, de los suspiros sosegados, de las cálidas tunas, de pollos y crustáceos desnudos al pie del cañón.

Extraviado una vez más entre sus pensamientos transversales, habría olvidado al joven de gorra y mostacho, que en ese momento miraría con agobio al gringo desorientado, acaso no desorientado, sino abiertamente tras el rastro de Laurita, que trabajaría en las mañanas en el puesto de comida rápida de su papá, ignorante ante las andanzas nocturnas de su hija. El gringo seguiría portando la pistola, no podría arremeter así como así, pero tendría que llegar con Laurita de pelo rojo antes que él. Alÿs, el orientado Alÿs, en ese momento estaría llegando a un pasillo inundado de la plaza, el cual provocaría una desviación que rezuma destino: lo conduciría a una pequeña entrada diagonal del mercado, envuelta por un mural de aparente factura riveriana.

El joven de gorra no encontraría a Alÿs de inmediato y tal vez le preguntaría al tipo de delantal manchado que vende frutas sobre un güero alto y flaco. El tipo, absorto en su celular, no lo habría visto. El joven iría directamente al puesto de Laurita, la chulísima Laurita, que a veces no le cobraría los acostones por conocerse desde pequeños. En un acuerdo tácito, secreto, él la cuidaría. Ella ahí estaría, junto a su padre y el homosexual de copete decolorado, amante del padre de Laurita, bostezando, ignorante ante la amenaza desgarbada. El gringo no se vería por ningún lado. Agitado, el joven recorrería los pasillos con mirada desbocada buscando a ese larguirucho que sobresaldría poco menos que un pepino mutante.

Pero no lo encontraría, pues en ese momento Alÿs estaría ascendiendo por unas escalinatas demarcadas por el título siguiendo el rastro del mural. Un destello de consciencia de sí mismo lo llevaría a guardar la pistola en el cinto del pantalón.

El joven seguiría entre los pasillos con la agitación dando paso a la confusión. Pasaría una vez más por el puesto de Laurita para advertirle, llevarla lejos, cuidarla como dictaría ese pacto unilateral. Pero la meretriz de cabello teñido de betabel ya no estaría ahí. El joven percibiría sus pies mojados por el pasillo inundado: una sensación muy parecida al pánico. El gringo, pensaría, la habría raptado debajo de las narices de su padre y su amante. Mierda. Consideraría correr hacia cualquier dirección y gritar su nombre, pero el gringo la remataría en ese instante. Tal vez, aun ese joven ofuscado por la anarquía de sus ideas y el sol mexicano se hubiera parado en seco, recordando de pronto la tranquilidad del padre de Laurita y, acaso infundido por esa escena, evocaría el lugar donde Laurita acostumbraría descansar para ocultar el cansancio venido de la noche anterior. Correría hacia las escaleras.

En esos momentos Alÿs llevaría un par de minutos completamente raptado por el mural con el que se habría dado de bruces, no el riveriano, sino uno superior, de orígenes misteriosos y relieves provocadores. Ni si quiera los afilados pasos sobre la losa de las escaleras lo hubieran arrancado de ese hechizo. Pero, como un goteo sobre su subconsciente, los pasitos lo retornarían poco a poco a la urbana realidad y a las amenazas que encierra, haciéndole llevar la mano hacia la pistola. Giraría y ante la figura de aquella menuda chica de cabello rojizo y corto, ojos grandes, negros, se sentiría oprimido por esas dos presencias pujantes: el mural ignoto y la hermosa joven. Ella lo miraría extrañada, quizá un tanto soñolienta, pero desviaría la mirada y se encaminaría a una de las dos columnas que resguardan el mural. Con abulia, se recargaría y arrellanaría en el suelo. Alÿs notaría la familiaridad de la chica hacia el recinto y, posiblemente, le pediría develar el misterio del mural. La joven suspendería su mirada un instante y tras un carraspeo, le contaría con inesperada naturalidad que en 1934, Abelardo Rodríguez, presidente grandilocuente, impulsó la construcción de un gran proyecto sociocultural, que, además de mercado, contaría con teatro, biblioteca, centro de atención juvenil y, por qué no, muestras ejemplares del muralismo mexicano de la mano de Pablo O’Higgins, Ramón Alva, Antonio Pujol, Grace Greenwood y el mismo Diego Rivera. Un par de años después, Rivera invitaría a Isamu Noguchi, escultor californiano, a convergir con el ambicioso proyecto, resultando en el portento de mural que tendrían adelante. Laurita dejaría de rezar panfletariamente la historia del lugar, pues en esos momentos unos pasos de tempestad sacudirían las escaleras, llevando a Alÿs sacar la pistola. El joven de mostacho ralo y gorra se encontraría ante una escena abierta a la interpretación que decidiría desentrañar de una sola manera: el gringo sometiendo a Laurita ante la columna para darle un tiro. Se abalanzaría, sin duda, hacia Alÿs, que en un acto reflejo ganado por experiencias en barrios silvestres, apuntaría la pistola y, click, no pasaría nada. La pistola, acaso, nunca tuvo balas. Pero quizá sí, entonces en un segundo intento proyectaría un chispazo de fuego que acabaría con todas estas figuraciones del observador imaginativo.