REVISTA PICNIC Bon Iver - 22, A Million - Revista PICNIC
Todas la pecas del mundo
Bon Iver - 22, A Million
8.5Promedio final
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9.0

Durante los días cercanos al estreno del álbum, Bon Iver no cesó con los mensajes misteriosos y comenzó a citar a las personas vía Twitter en direcciones que resultaban ser las localizaciones de los murales. Lo que resultó ser una serie de listening parties alrededor del mundo, se complementó con periódicos cuya única instrucción era «3 papers per person please. When the music stops, flip the tape. Be kind, be safe, be peaceful».

En la Ciudad de México, el mural ubicado en la Casa Picnic reunió a decenas de personas para escuchar el disco reproducido en un boombox donde se repartieron periódicos y el material discográfico estuvo disponible en físico.

La fiebre simbólica y rodeada de un halo de misticismo que desde el verano Justin Vernon ha traído bajo la manga, finalmente fue retirada de su velo. A finales del mes de septiembre, Bon Iver volvió para ponernos de cabeza con diez canciones de anticipado título, cargadas de números y signos que nadie comprende muy bien, a menos que sepa leet (el nerd lenguaje de los crackers de la web).

Treinta y cinco minutos de duración, hacen de 22, A Million un álbum breve y para nada fácil. Las letras y las nuevas instrumentaciones añadidas a algunas formas sonoras ya conocidas en el estilo de este proyecto, son de una complejidad que no se había observado anteriormente.

 

Quizá sé esté presente en muy pocos trabajos musicales. Pero sin duda, nunca bajo un nombre que nos tenía acostumbrados a las atmósferas cuasi campiranas. De esas que se volvieron el típico sonido de barbón que se sube al coche con su café de la sirena recién ordenado.

Hasta cierto punto, la melancolía y la acústica de Bon Iver se volvió un cliché gracias a los hipsters del 2011, sin embargo, 22 A Million está aquí para mostrar que los músicos y la producción detrás de este álbum no se dedican solamente a coleccionar camisas de franela. Tanto, que en algunos sitios lo comparan con los trabajos tempranos de Moby y Kanye West.

Si bien 22 A Million se ubica en los umbrales de la pretensión, la añadidura de vocoders y mezclas nuevas se agradece. El mayor cambio en la producción de sonido es gracias a Messina: la combinación de un software llamado Prismizer y de un equipo inventado por Justin Vernon y el ingeniero Chris Messina.

La innovación tanto en lo general, como en lo particular, lo vuelven uno de los álbumes que estarán en boca de la crítica por lo menos algunos meses. Ya no es nada parecido a lo que nos tenía acostumbrados «Skinny Love» – y si esperabas más de ello, oh decepción, Bon Iver se ha movido de esas atmmósferas de tristeza que se fundamenta en el paisaje físico.

Afortunadamente, supera la desgarradora etapa del LP homónimo y de For Emma, Forever Ago. Que, aunque experimental y luego de algunos años ha alcanzado el desarrollo de un culto propio, Bon Iver juega todavía más con las máquinas y deja un poco de lado las cuerdas que suenan a irremediable tristeza. No obstante, un ánimo apesadumbrado y depresivo sumamente encriptado, es el que logra colarse. Las voces que rayan en lamentaciones desconsoladas y habitaban las producciones anteriores, sobreviven al cambio para adaptarse a esta nueva faceta.

De una intimidad y profundidad que lo vuelven único, es al mismo tiempo apropiable para el escucha. Poético sonora y líricamente, tanto en el polo pasional como el polo racional, pensando en el carácter criptológico de su configuración, puede decirse que es polar, ambivalente. Bon Iver juega a alcanzar el equilibrio entre experimentación, sampleo, mezcla, y composición. Opone los extremos del lapso de producción para yuxtaponerlos y jugar con la recepción. No sé sabe qué fue puesto antes y qué después, pero eso es parte de la magia.

Sin embargo, la misma carga simbólica pudiera dar la finta de que se trata de una obra logocentrista. Los murales y las decenas de símbolos provenientes de diversas culturas no deben despistarnos de la sensibilidad y la introspección que son sello característico y guía hacia el trabajo de este proyecto de Vernon. 22, A Million es un trabajo sumamente minucioso y pulido hasta el último detalle.

Tiene momentos excelentes, pues al menos la mitad del disco son canciones cuya originalidad deja una insaciabilidad que te incita a escucharlas una y otra vez, como uno de esos»gusanos auditivos». Y aunque dista mucho de la pegajosidad que pueda tener un single de las Spice Girls, cada canción es tan precisa y tan breve que se acerca a la sensación de interrupción, de incompletud. Nos hemos ido acostumbrando tanto a los tracks de cuatro o cinco minutos, que no rebasar los tres se siente casi como una grosería.

Pero Bon Iver nos reta a seguirle le paso y a incorporarnos a su mood. No siempre lo bueno dura mucho y en este caso, cada uno de los tracks tiene la medida de tiempo, quizá no justa pero sí bien pensada. No se excede ni carece de nada, pero pareciera que sí nos hace falta algo. 22, A Million rompe con esta relativamente nueva tradición de las canciones largas, de los coros eternos, de las distorsiones en espiral y las vocalizaciones al infinito.

Se ha tomado su tiempo para crear este álbum, pero no lo derrocha a la hora de grabar, de cortar, editar y publicar. Va a tomarnos un tiempo a todos y cada uno de nosotros comprender el proceso por el cual está pasando Bon Iver. Toda la sucesión de quiebres emocionales, paradigmáticos y de contenido en 22, A Million.

Por momentos, pareciera engañarnos y hacernos creer que detrás de tal portada y campaña de viralización, se halla más de un nivel de significación, que la semiótica nos invita a jugar para desentumecer los muslos. Todo ello para caer en la vuelta eterna a la reflexividad y autoconsciencia de lo compleja y delicada que es la condición humana.

La crítica es una tarea difícil, pues si bien un trabajo puede ser de una manufactura excelsa y con calificaciones sobresalientes, no siempre quiere decir que le agrade al escucha. Puede tener una calificación casi perfecta, pero ser un disco que pase desapercibido para los seguidores de fenómeno. O al contrario, puede ser un disco que de puro «panzazo» rebasa el seis, diez años después puede ser recordado icónicamente como estandarte de una generación, de una época.