REVISTA PICNIC Cine-concierto Georges Méliès @ Auditorio BlackBerry - Revista PICNIC

Por cuarto año consecutivo el Bestia Festival, en conjunto con Festival Aural, fue un grato acontecimiento dentro de las festividades de fin de año en la Ciudad de México.

Con una concurrencia, si acaso de menor número que el año pasado – por una notable diferencia en la capacidad del auditorio de esta edición – estuvo lleno de toda clase de asistentes. Algunos, aún con el recuerdo fresco de Goldflesh lo demostraban con sus camisetas. Otros, en cambio, menos conocedores de la parte musical del programa, llegaban por un culto cinematográfico que no sabía que esperar con certeza de la musicalización.

Entre cinéfilos, melómanos o ambos a la vez, huidizos fans de Sonic Youth y de Abraxas, se reunieron personas de todas las edades. Desde jóvenes de nivel bachillerato, hasta adultos mayores que pedían respeto y silencio al frente de la zona general para poder apreciar el evento, todos ansiaban con programa en mano, el cine-concierto de la mano también del Festival Aural.

En contraste con la proyección del año anterior, el Auditorio Blackberry, aunque más pequeño, logró hacer de la experiencia algo un poco más íntimo. Más cercano y personal. Aún cuando las anécdotas personales fueron distintas para quienes presenciaron el acto desde la comodidad de las butacas y desde la zona general en la parte inferior.

Sesión 1: Méliès en blanco y negro

En punto de las siete y media de la noche, dio inicio la proyección de cinco de los cortometrajes en blanco y negro, restaurados en 2k, más representativos del «alquimista de la luz». Un par de minutos antes, cuando se apagaron las luces y salió el conjunto de músicos al escenario, se tornó en una sensación extraña.

La combinación entre el momento de euforia al inicio de un concierto y el tiempo que parece detenerse antes de iniciar una película crearon un confuso sentimiento de emoción, acompañado de silbidos y gritos reprimidos por respeto a la costumbre de guardar silencio antes de que una filmación comience.

Y no obstante que por un par de minutos gran parte del público no pudo contener la emoción a ver juntos a leyendas de la música como John Medeski (Medeski, Martin & Wood) y Lee Ranaldo (Sonic Youth), durante el transcurso de cada una de las cintas, la audiencia se mantuvo en silencio, embelesada.  En compañía de Kenny Grohowsky (Abraxas) y Mike Rivard, comenzó la música.

De manera aplastante, con una técnica impecable y un sonido sumamente nítido, distorsiones, riffs y sutiles, pero precisos golpeteos en la parte de la percusión, se enlazaron con la diversa instrumentación que iba del piano al clarinete en cuestión de minutos por parte de Medeski. Ranaldo, por su parte, ayudado de una especie de arco para cuerdas, daba vida a cada posibilidad sonora que pudiera habitar su guitarra invadida de estampas de colores.

El tempo cambiando constantemente y el abanico de sonidos y contrastes, entablaban un juego audiovisual que a veces no dejaba descansar a los sentidos un solo momento. Sin embargo, a final de cada proyección la gente aplaudía con gusto y satisfacción. Uno de los momentos cumbre fue Fausto en los Infiernos (Faust Aux Enfers) donde delicadas bailarinas habitantes del inframundo danzaban al ritmo de una combinación entre metal y jazz. La musicalización resultó ideal para acompañar los pasos de Mefistófeles.

Sesión 2: Méliès a color

Luego de un intermedio, dio inicio la parte coloreada de las cintas restauradas. Entre enanos y gigantes, hadas, sirenas y diablos evanescentes, las historias de Gulliver y una princesa en apuros mantuvieron muy entretenido al público, tanto que se oían risas o gestos de sorpresa tan genuinos como los de aquellos que vieran una película asombrosa por primera vez. Y es que justamente en eso recayó la magia que a través de sus instrumentos, el ensamble logró traer al cine-concierto.

Cada secuencia, cada efecto especial y cada momento cumbre, se vivió en los espectadores como si se tratase de una primera vez. Esto no quiere decir que la asistencia necesariamente conociera las cintas de antemano, pues si gran parte iba por tradición cinéfila, otra gran parte iba impulsada por el culto musical. Y si hubo quienes, en efecto, presenciaron el estilo teatral de Méliès por vez primera, tuvieron la oportunidad de vivir una experiencia irrepetible y sumamente especial para más de uno.

Para esta segunda sesión, el momento más ansiado y que constituyó el clímax de la velada, fue por supuesto, la aparición de Viaje a a Luna (Le Voyage Dans la Lune). En la adaptación que se inspira tanto en la imaginación de Julio Verne como en la obra de H. George Wells, el público comenzó a olvidarse de la recomendación de no hacer uso de teléfonos celulares ni cámaras, para apropiarse de momento por medio de fotos y videos.

Sobre todo, en un momento tan icónico como es el de la caída de la nave espacial en forma de obús sobre el gigantesco cráter-ojo lunar, las fotos, las ovaciones y las emociones se condensaron entre el piano de Medeski y una atmósfera completamente distinta de la que Air se hiciera cargo hace pocos años.

Sin duda, la imagen más conocida de la obra de Méliès y un tanto popularizada gracias al dueto francés que recientemente visitara nuestro país, constituyó la culminación de un cúmulo de sensaciones y expectativas que dejó a gran número de asistentes con la piel de gallina e inevitable brillo en los ojos.

El viaje a Méliès

Se agradece una disposición y entrega total como la que tuvieron Medeski, Ranaldo, Rivard y Grohowsky en conjunto. Cual amantes, ellos y su instrumentación no tuvieron momento para abusar de egoísmos ni pretensiones, se dedicaron en cuerpo y alma al que posiblemente, deba ser el mejor trabajo del mundo.

Con un ensamble que supo acomodarse y escenificar su maestría a cada momento, el público conoció y presenció la estridencia musical en una de sus facetas más hechizantes. De lo jazzístico al hardcore (con la colaboración en guturales y voces de un invitado especial), la magia de los efectos especiales, la fotografía compuesta y exposiciones múltiples, se hizo tangible.

Quizá, a diferencia de la musicalización en París, ésta se caracterizó por romper con los temples y los ánimos tradicionales, como los que rescatara el classy estilo de Air. En contraste, momentos sublimes se fundieron con movimientos y ejecuciones más arriesgadas, menos equilibradas y más descabelladas, bestiales.

El ruido, lejos de orillar al slam, al headbanging o al descontrol de los cuerpos, transportó a la asistencia muy lejos de la Ciudad de México y lejos del 2016 para acercarnos a un sueño lúcido y erizante de setenta minutos.

Lo bueno

Ejecuciones destacables. Puntualidad. Iluminación para los músicos no excesiva ni distractora.

Lo malo

Hubo quejas de que en ciertas partes de las butacas no se alcanzó a ver la proyección.

Lo feo

Uso esporádico de cámaras (unas incluso con flash) para tomar fotografías e incluso grabar cortos completos, aún cuando se instara con anticipación a no hacer uso  de cámaras.

Si el año pasado se caracterizó por la imponente presencia del órgano monumental, esta edición consiguió construir una experiencia sonoramente arrolladora. Menos sobria, pero igual de electrificante, auditivamente, en especial visualmente. Ambos festivales consiguen edificar, de nuevo, uno de los momentos más trascendentes para la memoria sonora de la Ciudad de México.

Fotos (cortesía del festival) por Ray