REVISTA PICNIC Con el culo en el aire: entrevista con Pablo Carbonell - Revista Picnic
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El mundo de la tarántula de Pablo Carbonell

Siento que somos amigos desde siempre, me lo ha contado todo, su primera paja, su primera experiencia homosexual, su primer ácido, de la muerte a los once años de Vicente, su mejor amigo y de Lola, su primer amor. Aquella niña con cara de pilla que no era fea, pero que tampoco era guapa.

Pablo Carbonell es el tío guapo del grupo, el cantante de Los Toreros Muertos, esa banda gamberra de los años ochenta en plena “Movida madrileña”.  También es actor, cómico, cineasta, escritor, “ascensorista” y todo lo que se le pueda ir agregando.

El único problema con Pablo es que el experimento va bastante mal. Estoy con mi amigo fotógrafo frente a la cantina “La Madrileña” o lo que se supone era la cantina. No encuentro el lugar, en cambio hay ventanas tapadas con cemento. Cerraron la cantina hace como medio año, dice la señora que atiende un lugar de serigrafía.

Sólo quiero platicar con una cerveza bien fría en la mano mientras mis dedos se pintan poco a poco por el polvo rojo de los cacahuates enchilados. No quiero terminar de nuevo en un hotel con aire acondicionado asfixiante. Quiero que Pablo se de cuenta de la magia que tienen las cantinas del centro, tanto como aquellas discos colombianas que describe en su libro.

Abortamos la misión, el experimento ha fallado. Mi amigo fotógrafo me ha abandonado y finalmente tendré que ir al hotel bajo un aire acondicionado muy de hotel. Subo hasta el penthouse y ahí está Pablo con tremendas ojeras. El líder de Los Toreros Muertos está en sus jugos. Lo comprendo, no es para menos después de la vida que se ha dado a los cincuenta y tres años.

 

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Seguimos metidos en el último piso de un hotel viendo pasar coches y personas en tamaño maqueta, muchas vidas distintas viviéndose de forma extraña. No importa si estamos en el penthouse, igual se escuchan los cláxones (son casi las siete de la noche, la hora para salir de las oficinas hacia la libertad).  En este momento es escritor, no es el payaso que toca la trompeta, es el atún de Cádiz, esa pequeña ciudad canalla y elegante, culta y ordinaria, pero sobre todo muy luminosa, como la describe mi amigo Pablo. Me ha confesado tantas cosas en El mundo de la tarántula (2016) que me atrevo decirle amigo. “Todas las cosas que contamos siempre son nuestra vida, esta tiene la impudicia de llamarse “memorias” como si mi vida tuviera algo de importancia, dice con su voz cavernosa. “Me provoca pudor y desde luego cuando veo el libro en manos de gente es como si me llevaran de la mano. Los primeros días que tenía que hablar de mi libro me daba la sensación que me estaba encuerando. Además lo había decidido yo mismo porque lo había hecho y no sabía por qué. Tenía la sensación de que iba por la calle con el culo al aire, una cosa de verdad como cuando dices porqué lo he hecho. Lo he estado haciendo pensando que nadie lo iba a leer, pensando en que no se iba a publicar, que no iba a existir, lo escribí por sanidad, por bondad, pero no pensé que lo iba a ver, confiesa mientras veo como echa su cuerpo para atrás y una gota de sudo baja por su oreja izquierda. “Me provoca pudor y mucha emoción. Salir a un escenario y contarle a la gente las barbaridades que has hecho, las que has dejado de hacer, la basura que has podido tener en la cabeza.”

En ventanal del penthouse deja ver una nata espesa de contaminación, pero eso entorpece la belleza de pasta dura de la portada del libro azul con la ilustración de un atún. El mundo de la tarántula tremendamente trabajado por la editorial independiente de Barcelona, Blackie Books (llamada así por Blackie, la perra editora en jefe) nos habla sobre un artista que podría parecer un personaje en un cuento de guarradas.  El mundo de la tarántula es un material imprudente, lleno de aventuras y reflexiones mortales, libertario y por momentos sabio, “Pablo Carbonell no es un personaje. Yo intenté acercarme a mí y aceptarme. Este libro es un intento para reconciliar eso“. Pablo, toma su barbilla con la mano derecha por un par de minutos para después repetir el movimiento donde echa su cuerpo para atrás dejando al descubierto en su panza el toro con alas que él mismo dibujó. “El libro tiene una intención que es decir que la vida es hermosa a pesar de todas las cosas. Es un manual de vida y es un manual de arte también. Contando mis batallitas en realidad no pretendo que sea apasionante, lo que es apasionante es la gente que he conocido, las cosas que me han enseñado y las reacciones que estas personas me han provocado”. Dice que éste libro no lo pensó, pero da igual porque lo mismo habla de pisto, que habla de cine, de televisión, de teatro, de niños, de padres, de pajas, de droga, de homosexualidad, de puterías, donde seguramente entramos todos de alguna u otra manera, “eso en un ser como yo que tiene bastante fama de descerebrado ha dejado perpleja a mucha gente. Otra gente nunca me había visto tocar la trompeta, me refiero a cuando el payaso se pone triste y toca la trompeta y, en este libro hay muchos momentos tristes. Me emociono incluso cuando amigos míos desaparecen o descubro las cosas que he descubierto escribiendo el libro, la gente se estremece de la misma manera que me estremezco yo. Pablo Carbonell nunca se había permitido ser tan emotivo o tan transparente, esto me ha acercado a personas“.

 

En estos días no es tan fácil conseguir lo que uno se propone, me pregunto si el tipo que tengo frente a mí con una sonrisa muy a la Jack Nicholson lo ha conseguido. Se ha acostado con más mujeres que mi mente puede desear, se ha metido más líneas de las que algún día pueda inhalar, ha escrito un libro, sale en la tele y tiene una banda. A Pablo eso no parece importarle, creo que sigue esperando crecer para tocar le botón de ascensor.  “Me preguntaron que yo quería ser cuando fuese mayor, entonces yo dije tocar el botón del ascensor porque era muy bajito y no lo tocaba. Esto se debe a un sentimiento que me ha acompañado durante mucho tiempo. La necesidad de fugarme. Si yo podía manejar ese botón del ascensor yo podría irme de mi casa y volar“.

─ ¿Has conseguido tocar ese dichoso botón en tu vida?

─ “Sí, yo quería hacer canciones, yo soñaba con escribir desde pequeñito, escribí relatos desde muy chico. Dibujaba en la escuela como manera de escapar del aburrimiento“.

Ese botón es lo único que quería tocar, Pablo aspiraba a ser ascensorista espacial para poder escapar, para saciar su instinto de fuga por las nubes. Mientras habla y habla me acuerdo de una anécdota en El mundo de la tarántula, la de Aleu, un futuro pollero estrella. Aquella vez en la clase de religión, le preguntaron a los niños del salón de Pablo que qué querían ser de grandes; unos misioneros, otros soldados, aquellos maestros. Aleu, el del último turno dijo “quiero ser pollero”, el profesor empezó a reírse sin parar, le hacía mucha gracias lo del pollero. Los niños no veían el chiste por ningún lado, pero el profesor no paraba de reír. Aleu le explicó que quería tener un puesto de pollos, pelar pollos, trocearlos y venderlos en el mercado. Hoy el ex compañero de Pablo, el tal Aleu tiene un puesto de pollos en el mercado, Pablo no sabe si es feliz, pero está seguro que cumplió sus aspiraciones y sospecha que eso no puede decirlo de casi nadie.

Mi amigo tiene unos hermosos y profundos ojos azules, algunas patas de gallo y el pelo cenizo alborotado. Otra vez echa el cuerpo hacia atrás, castiga a la silla, la asfixia y la rechina.

DOMINICAL 704 PABLO CARBONELL

Pablo (3 años) y su hermano viendo una función de títeres.

 

 

 

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Sweet and Tender Hooligan