REVISTA PICNIC Garbage - Strange Little Birds - Revista PICNIC
Garbage - Strange Little Birds
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8.3

Por Felipe Soto Viterbo @felpas

Durante 20 años no he dejado de oír a Garbage ocasionalmente, con placer, con añoranza. Shirley Manson, ángel inhumano sobre el escenario, me sigue infatuando, me vuela los sesos. Hay cosas que se quedan fijadas y se vuelven recurrencia. Por eso, al escuchar el nuevo Strange Little Birds, no puedo evitar las regresiones. El mismo voltaje de hace veinte años, las mismas guitarras rotundas en ambientes envolventes y saturados, la batería crispante, la voz, furiosa y dulce —oh, dulce Shirley.

En los noventa nada sonaba a la mezcla trepada de grunge con electrónica, techno, punk, dark y sarcasmo que nos reventaba desde sus amplificadores. Tres tipos muy viejos para rocanrolear liderados por una atractiva chica, bastante más joven que ellos, que parecía escapada de un bar gótico. Un grupo prefabricado: el cerebro detrás de todo, el baterista Butch Vig, había producido nada menos que el Nevermind (1991) de Nirvana y el Siamese Dream (1993) de los Smashing Pumpkins. Después de esos monumentos, hubiera podido morirse.

En vez de eso, se reunió con sus amigos Duke Erikson y Steve Marker y los tres cruzaron el océano Atlántico para reclutar a Shirley Manson, por entonces vocalista de la banda escocesa Angelfish, que nadie fuera de Escocia había oído. Marker la había visto por accidente en un video en MTV que pasó una sola vez de madrugada y lo convenció.

El resto es historia: sus álbumes Garbage (1995) y Version 2.0 (1998) los convirtieron en estrellas internacionales, en la síntesis que nadie pudo imitar del rock de los noventa.

En 2016 tampoco las bandas se les parecen. En realidad es como si hubieran querido evitarlos siempre. Cuando creaste un sonido, cuando nadie te imita, tienes de dos: abandonar eso que creaste e internarte en otros terrenos (que lo más probable es que ya estén transitados), o seguir siendo único, aunque te repitas eternamente.

Felizmente han elegido lo segundo. Veinte años después, Garbage sigue sonando a 1995, aunque Shirley ya tenga 49 años y los otros ya anden pegándole a los sesenta. No están inventando su sonido, en el mejor de los casos lo están profundizando (pensemos en la emotiva y oscura “Even Though Our Love Is Doomed”), en otros se limitan a reiterarlo machaconamente (pensemos en la atascada “So We Can Stay Alive”).

Quizá sonarán igual en los próximos álbumes, momificados ellos y Shirley preservada en formol. Quizá decidan que por ahora fue suficiente y regresen dentro de otros veinte años para recordarnos cómo se hacía el rock a finales del milenio pasado.

Mientras tanto, tenemos uno de sus mejores discos; disfrutémoslo ahora, subamos el volumen, enseñémosles a esos millennials cómo se hacían las cosas cuando apenas estaban naciendo.

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