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Es un extraño acontecimiento el que Louis (Gaspar Ulliel) aborde un avión para ir a casa. Sintiéndose alienado, diferente y con poco espacio para crecer, se fue desde joven para triunfar como novelista. Ahora regresa en una tarde de domingo para comer con ellos. «El esperado regreso del hijo pródigo», podría ir pensando mientras el avión rompe las nubes. Pero Louis solo piensa en la razón por la cual vuelve a casa. No es añoranza, no es que los extrañe. Louis va a decirles que se encuentra enfermo y va a morir.

El primer cuadro es la inmensidad del espacio abierto, el cielo que surca el avión. Pero después de esto, la nueva cinta de Xavier Dolan se encierra en sí misma. Se mete a una oscura casa, y a una oscura familia; una metáfora fotográfica del propio encuentro con la muerte en su forma más íntima. Juste la fin du monde desde el principio parece una puesta en escena y un trabajo flojo de adaptación cinematográfica de la obra de Jean-Luc Lagarce, pero que las secuencias estén encerradas en puros primeros planos tiene mucho sentido. No nos importan las coreografías ni los bailes, a menos que sea esa bella y cómica escena entre madre (Nathalie Baye) e hija (Léa Seydoux), ni la violencia que emana de un matrimonio descompuesto (Vincent Cassel y Marion Cotillard).

Lo que le importa a Dolan es la muerte y el adiós, y la forma en la cual los rostros hablan mucho más que las palabras y las acciones. Vemos felicidad, vemos rencor, vemos amor, vemos compasión, vemos mucho miedo por parte de Louis; vemos la experiencia cinematográfica ocurrir a partir de los rostros. Esto es cine hecho de una forma pura.

El cine de Dolan siempre se ha caracterizado por su cuidada manufactura, su grande pero elegante producción. En este caso, el director experimenta con un nuevo lenguaje y una nueva propuesta. La ilusión de que la película solo transcurra durante una tarde[1] nos da la sensación que es tiempo real. Además de las acciones y reacciones del rostro, la película está conformada en casi su totalidad de puros diálogos, donde descubrimos que el regreso de Louis no es el esperado, sino que llega a irrumpir dentro de la inercia de una familia que aprendió a vivir sin él. El resto de lo que conforma la película son silencios y recuerdos, evocaciones de un pasado que proyectan hacia el futuro que el protagonista no va a tener, y sueños que se derrumban desde que entra a la casa.

Juste la fin du monde es una cinta lúgubre, y he escuchado y leído muchas críticas encontradas. «Deleznable», «magnífica», «insufrible». No existe tal cosa como una mirada fría y objetiva cuando se trata de arte. Existe una mirada educada y sensible, pero parte de poder hablar sobre una obra de arte, o incluso sobre la naturaleza, habla al mismo tiempo de nosotros. No somos esclavos de las reglas y convenciones, tampoco lo somos de la mera opinión. El proceso de ver cine es muy parecido al hacerlo, en el sentido de que siempre debe hacerse desde lo más íntimo, hablando siempre con nosotros mismos. Dolan siempre nos ha regalado un cine que habla de él, incluso al punto de mostrarse él mismo como el futuro del protagonista (Mommy, 2014). Y esta no es la excepción.

Aún podemos encontrar a Dolan en esos recuerdos de sus primeros brotes de erotismo apasionado, en aquel extraño que vuelve a casa y se siente más tranquilo fumando un cigarro en silencio. Esta película sigue siendo él desde su lado más oscuro y sensible, casi es un poema al adiós que muchas veces se atora entre el estómago y la boca, y no sale más que a través de la expresión. Juste la fin du monde es una película que se narra a través de los ojos de sus personajes y que termina con el último respiro del tiempo.


[1] Fue Andréi Tarkovski quien abogaba por el cine durante el día solar, es decir, que toda acción que valga la pena ser filmado debe ocurrir en el lapso de que sale el sol, hasta que vuelve a salir nuevamente.