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Entrevista a Etgar Keret

Conocí a Etgar por casualidad. Un amigo me lo presentó curiosamente en una parrillada, tiempo después me enteré que era vegetariano. Etgar iba en busca de otro amigo, traía bajo el brazo un libro que decía Extrañando a Kissinger (Sexto Piso, 2006). Ese amigo nunca llegó.

La peda transcurrió sin sorpresas mientras Etgar de Ramat Gan permanecía tumbado en una silla en el meritito rincón junto con Ryszard Kapuściński. Los dos son escritores, los dos cuentan historias. Uno a través de la fantasía, el otro cuenta la realidad. Nadie cruzó una sola palabra con ellos en toda la noche. Tal vez alguien los miró como se mira un objeto, primero de frente, después por atrás, viendo sus colores, su formas. No lo sé, no vi que pasara, pero pudo pasar.

Esa parrillada se convirtió en un campo minado de botellas vacías, vasos rojos, cebollitas de cambray “sobrecocidas” y pedazos de carne solitarios: había soldados regados por el piso de la cocina, otros estaban tendidos en sillas. Ya era de madrugada cuando me salí con Etgar rumbo a mi casa, no abrió la boca, no me contó nada en el camino. Me lo llevé bajo el brazo.

Días después me acompañó en metro, iba al trabajo. Fue la primera vez que me contó una historia. Se trataba de un cerdito de nombre Pesajson y de cómo su gran amigo Yoavi le salvó la vida.

—¿Qué piensa el cerdito Pesajson de los hombres? —le pregunté.

—Piensa lo mismo que yo: que aunque tengan buenas intenciones, pueden ser, a veces, muy peligrosos —contestó.

Etgar Keret se quedó algunos días por quién sabe dónde, no lo vi en mi casa arrumbado, tampoco lo busqué. De pronto apareció como si nada en mi sala. Ya se me hacía tarde para ir al trabajo, así que salimos a prisa. Ahí estaba la gorda apestosa de siempre en el camión, el bebé llorando como loco y el señor con aliento a muela picada. La rutina hacía estragos en mí. Etgar parecía disfrutarlo, cada gesto, cada mueca de la gente era un diamante en bruto para él. Sonreía mientras apuntaba en una pequeña libreta.

—El humor es un mecanismo de protección en esta sociedad, ¿verdad? En tus historias encuentro una similitud —le dije.

—El buen humor tiene muchas capas, y si lo exploras profundamente, siempre encontrarás en su fondo dolor, amor, miedo, una autoadmisión en la naturaleza frágil y finita de la humanidad; así como un admirablemente fuerte deseo de cambio.

Mientras veía los árboles por la ventana del camión se me ocurrió decirle:

—¿Qué significa para ti lo cotidiano?

—Para mí la vida diaria es siempre un gran desafío: beber café sin derramarlo en mis pantalones, halagar a una mujer sin ser golpeado por su novio, salir de un hotel sin olvidar mi cartera o mi pasaporte en la habitación son tareas en las que aún fallo frecuentemente —me respondió al tiempo que se acomodaba en ese incómodo asiento de los camiones viejos de la Ruta 26.

En el camino escuchamos completito «The Future» (1992) de Leonard Cohen. Comenzó a platicarme de un mono soñador llamado Lucach, el cual está muy orgulloso de ayudar a los humanos con sus experimentos contra el cáncer de piel. Extraña las bananas y las monas por igual; lo único que quiere es encontrar la cura contra el cáncer y regresar a casa para tomar unas merecidas vacaciones.

—¿Lucach después de ayudar a los pinches humanos regresa a la jungla a cogerse a todas esas monas que quería cogerse? —le pregunté a Etgar

—No, lamentablemente. Creo que murió de cáncer —murmuró. Durante unos minutos no hablamos de nada. Lucach parecía un buen mono, soñador, pero buen mono.

Mono

Lucach viendo a las monas pasar.

Para romper el silencio le dije que sus cuentos me recordaban mucho a Bob Dylan. Pienso que piensa que soy un exagerado porque Bob Dylan es muy chingón y él no tanto.

—Como escritor que escribe historias cortas y condensadas, muchos de mis maestros son cantautores que son capaces de contar historias y crear personajes poderosos en pocos versos. Dylan, Cohen y Randy Newman fueron, por mucho, tres de los mejores maestros de narración que pude haber tenido. Respondía mientras pensaba que yo pensaba que fue muy obvia su contestación.

—¿Por qué contar historias cortas? —continué jodiendo con eso. Pienso que piensa que yo pensaba que me iba a contestar algo más inteligente.

—Escribo porque lo necesito. El que escriba historias cortas nunca fue una elección: escribo lo que mi corazón y mi mente me indican. De algún modo, el resultado son historias cortas, pero no hay una ideología o una preferencia especial detrás de ello.

Han pasado un par de meses desde que lo conocí. A mis padres les he hablado de él, pero parece no interesarles mucho. Etgar es de Israel, tiene 47 años, le gusta fumar mota y hacer el amor con su esposa.

Lo mío con él se ha convertido en una obsesión, me acompaña a todos lados. Hasta mi morra ya lo conoce. Antes de dormir, Etgar me cuenta «La triste historia de la familia Nemalim»: Mensch («hombre» en alemán) llega a una aldea donde toda la semana los niños y adultos están de fiesta hasta la madrugada. Mensch se pregunta por qué no están trabajando o en la escuela. Con su llegada, la vida de la familia Nemalim («hormiga» en hebreo) cambia por completo. La inocencia de la naturaleza termina con el progreso.

—¿Qué reflexión nos deja la historia de la familia Nemalim y Mensch?  —seguimos platicando Etgar y yo.

—Es una historia, supongo, sobre la tensión entre las ideas intelectuales y nuestros instintos. Yo escucho a ambos con igual respeto.

—¿Qué animal eres? —pregunto con curiosidad.

—Siendo un vegetariano amante de la lechuga y las zanahorias, que caga tres veces al día y tiene grandes dientes frontales y una personalidad presurosa y ansiosa, soy definitivamente un estresado conejo judío.

Conejo

Etgar Karet pensando qué comer.

—Retratas la compleja  condición humana en animales. ¿Qué buscas transmitir? Le pregunto mientras hace una mueca de extrañeza, por lo menos eso es lo que imagino.

—¡Wow! En realidad no lo sé. Es muy difícil para mí expresar qué es lo que transmiten mis historias. Lo que hago es escribir mucho sobre animales porque los amo.

Etgar voltea hacia su lado derecho como si mirara al infinito, se queda muy quieto sobre el buró. Yo me voy a dormir. Él cierra la boca hasta mañana… cuando vuelva a platicarme otro cuento.