REVISTA PICNIC La la land - Revista PICNIC
MIRAI

Después del avasallador éxito que fue Whiplash (2014), —asombrosa película sobre las trampas de la pedagogía entre un enajenado alumno y su tiránico maestro—, se creó una enorme expectativa alrededor del siguiente trabajo de Damien Chazelle. Meses después, pasando la resaca de premios, se supo que el director, preparaba un musical —lo cual resultaba lógico dada su formación académica, aunque esto, no dejaba de despertar algo de morbosidad—. El proyecto —a diferencia de las caras casi anónimas de Whiplash— estaría protagonizado por dos colosos del star system: Emma Stone y Ryan Gosling. El filme versaría sobre las sinsabores de vivir en una ciudad como Los Angeles. Esto culminó en La la land.

 

La idea, resultaba apetitosa desde su concepción, aunque no del todo nueva para el director. La discreta ópera prima de Chazelle —Guy and Madeline on a Park Bench— era un musical que ya exudaba nostalgia. El primer plano del filme –el cuadro inaugural en toda la obra de Chazelle— muestra a una melancólica joven mirando al rio, mientras en la banda sonora escuchamos jazz. Porta un paraguas. La imagen, en blanco y negro, se nos presenta con un efecto iris —típicamente usado en el cine mudo—. Este primer plano, génesis de lo que será una lúcida obra, podrá ser completamente olvidable, pero también profético: Chazelle comienza a enseñarnos sus cartas, las piezas que después compondrán el engranaje de su filmografía. En Guy and Madeline, si miramos atentamente, podremos encontrar los elementos que caracterizarán al cine venidero del realizador: las referencias al cine de Jacques Demy; el amor atenazado por la idea del éxito y el rigor artístico; el vals de la cámara, siempre libre en las películas del director oriundo de Rhode Island, fisgonea a músicos desfachatados al compás de la música; también está, desafortunadamente, la pedantería que yace debajo de todos los personajes creados por el director.

 

La manufactura —a diferencia del montaje virtuoso de Whiplash y el preciosismo visual de La La Land—es casi chabacana. La película está rodada a la manera del cinéma verité, con escenas a todas luces improvisadas. El caos es regla. Resulta difícil creer que Chazelle, menos de una década después, filmará una película como La La Land: un musical amarrado a la tradición, aunque se desmarque de ella por momentos.

La La Land está construida sobre una lacónica y familiar anécdota: las vicisitudes de dos jóvenes por subsistir en una ciudad que parece empeñada en devorarlos a ambos. Sebastian (Gosling), dotado pianista e insufrible melómano, quiere abrir su propio club de jazz; Mia (Stone, encantadora), vivaracha y naif, anhela señorear los sets hollywoodenses. Ambos se enamorarán —en una sutil escena, algo bressoniana—y a partir de ahí, impulsivamente, se embarcarán en una complicada relación caracterizada por tropezones, latitudes irreconciliables, y un permanente deseo de fama.

 

La idea de un musical sobre los avatares de la fama es decimonónica en Hollywood: clásicos como Cantando bajo la lluvia (Donen, 1952), Ha nacido una estrella (Cukor, 1954), y The Band Wagon (Minelli, 1953) ya habían abordado el tema desde todos los ángulos posibles, sin embargo, lo que parece distinguir a La La Land es cierto tufillo de contemporaneidad. La La Land logra comulgar modernidad con tradición en sus mejores momentos. Uno siente —a pesar de que los pastiches pululan a lo largo de la película— que está viendo un producto medianamente novedoso, acaso fresco.

Chazelle sabe filmar. Más importante: sabe como filmar escenas musicales, y lo hace, sobra decirlo, elocuentemente. La secuencia inicial, que transcurre en una concurrida avenida paralizada por el tráfico, es de antología. Se trata de un falso plano secuencia repleto de movimientos de cámara violentos, piruetas, y vividos colores. El resto de las escenas musicales de La La Land —con la excepción de someone in the crowd— se distinguirán por su sobriedad y cierta pasividad, aunque nunca dejan de ser visualmente atractivas del todo.

 

En la segunda parte de la película, súbitamente, nos olvidamos de los números musicales y nos concentramos enteramente en el drama de la pareja protagonista. Este, a mi parecer, es el punto más flaco de la película.

El rapport que existe entre Gosling y Stone es maravilloso, los números musicales elegantes y entretenidos, pero también insuficientes para liarnos del todo. La historia es boba y la hemos visto antes: Whiplash, en cierta manera, es la misma película que La La Land. En Whiplash, Andrew (Miles Teller), es un personaje pedante dispuesto a sacrificarlo todo por el éxito. Sobra decir que tiene un aire de superioridad. Sebastian y Mia se mueven por los mismos terrenos. Sebastian es un romántico chapado a la antigua, un esnob renuente a estar con alguien que no sepa de jazz: “Entonces, ¿de qué vamos a hablar?”; Andrew, el talentoso baterista, desprecia a su familia porque son incapaces de reconocer su talento, pero también aborrece la inclinación de sus consanguíneos por el futbol americano; En Guy and Madeline… Guy (Jason Palmer) abandona a Elena (Desiree García) porque parece indiferente a la música que toca. Algo similar sucede con Mia.

La idea de que los artistas poseen una sensibilidad mayor que el resto de la población, es una idea tan rancia como estúpida. Chazelle, por momentos, tiene una concepción completamente materialista —¿maquiavélica?— del éxito. El director es un fervoroso seguidor de la meritocracia, un espléndido embajador del american dream. El talento es lo de menos en la tierra de las oportunidades.

 

Esta idea simplista e inocente sobre los contornos de la fama, me imposibilitó sentir empatía por el amor que se gesta entre los personajes, o, quizás, la razón fue otra: la frivolidad que la película padece esporádicamente. Ellen Degeneres dijo con ironía, pero con una dosis grande de verdad: «La La Land: An incredibly attractive young woman and a ridiculously handsome young man, who find each other and become famous. It’s a story that had to be told.» La comediante, mordazmente, desnuda la futilidad del filme.

La La Land, oda en clave musical a Los Angeles, arrasará en las siguiente entrega de premios Oscar: es Hollywood at its best: es entretenida, autorreferencial, nostálgica, etc. Es un encantamiento poderoso para el que dispuesto a tolerar a sus personajes, pero también, es exageradamente somera. Si la película es un clásico —o no— dependerá del tiempo. El tiempo, decía Giordano Bruno, todo lo da y todo lo quita.

 

 

@arielgtz