REVISTA PICNIC La lírica popular de Juan Gabriel: poeta y frontman - Revista PICNIC

Este año nos están dejando grandes compositores, cantautores y personalidades del universo musical, cada uno con un halo de luz propio, con un espectro de colores, sonidos y sensaciones particular. Gigantes no sólo de la composición sino de la escena misma y que cuando se trepaban a hacer un show podían comerse el mundo cantando: uno de ellos era Juan Gabriel.

Quien compusiera su primera canción a los trece años («La muerte del palomo»), se enfrentó a las adversidades tanto en la industria musical como en una sociedad preponderantemente machista, tradicionalista, católica de dientes para afuera y sobre todo, discriminatoria.

Todos los artículos, todas las notas ahora incontables – incluidas las incómodas críticas «intelectuales» y los mares de respuesta correspondientes -, pueden tratar de convencernos por qué es de admirar y pueden no lograrlo. Pero no se trata solamente de abordar el fenómeno mediático que era Juanga. Alguien que sin pretensiones ni grandes escándalos, también se ganó el cariño del público mexicano, nada más y nada menos que por su sinceridad.

Juanga, invalidador de estereotipos

Poseedor de un carisma y una actitud honesta ante su público, fue que se ganó el corazón de América Latina. En un país donde no se lee y la ebriedad es el pan nuestro de cada día, en un enorme pueblo que creció con altas y robustas figuras de bigote y sombrero que se roban a las muchachas para llevarlas a una vida en matrimonio no mucho mejor, la manera más fácil de llegar a toda esa gente, ha sido por medio de canciones.

Desde joven, el michoacano no sólo se ha enfrentado a la polémica de ser una figura pública de sexualidad puesta en duda una y otra vez. Su innovación consiste en escribir letras desde una voz poética que uno reconoce como masculina pero describe situaciones de una sensibilidad casi femenina.

¿Cuántas canciones durante los años setenta, en voz de un hombre, dicen las cosas que Juanga inserta en cada composición?

Una vez escuché a alguien cercano decir que las canciones de Juan Gabriel eran de las pocas que podían hacer llorar a un hombre sin necesidad de estar borracho. No sé qué tan verídico sea eso, pero de lo que no cabe duda es que más de un corazón (dolido o enamorado, consciente o borracho) ha cantado por lo menos una rola de Juan Gabriel, ya sea en voz de Rocío Durcal, de Luis Miguel, de Lucía Méndez o del mismísimo José José.

El Divo de Juárez fue capaz de realizar la transición del macho mexicano que ahogado en mezcal canta con despecho la pérdida de una mujer cosificada, al enamorado que, sensible a la pérdida del ser amado que consciente de su realidad, se lamenta sin pudores ni tabúes.

Juan Gabriel hizo posible una disociación del género al que pertenece la voz poética, para apropiarse de un terreno neutral. Ya no se trataba de canciones de hombres para mujeres ni viceversa. En el universo de sus letras sólo hay espacio para amantes y amados, para ausencias y añoranzas que carecen de edad, de rostro y preferencias sexuales.

«Te vas amor adiós vida mía

Te llevas contigo

Toda el alma mía 

Llenaste de recuerdos 

A la ciudad entera

Para que de tristeza poco a poco yo muera»

Más qué letrista, un poeta

La manera en que su pluma se deslizaba a la hora de escribir, se acercó tanto al registro de habla popular – conservando figuras retóricas discretas y tiernas -, que hizo posible la identificación del público con su música. Porque como bien señala Yuri Vargas:

Juan Gabriel no era letrista, era compositor de canciones. […]Un compositor de canciones es, al mismo tiempo, poeta y músico, y por ello mismo se debe considerar a sus textos como poesía pura y dura. Sí: popular, pero poesía de cabo a rabo.

En consecuencia, no es gratuito su uso de metáforas, de prosopopeyas y anáforas. Dicen los que saben, que cada lengua tiene su propio ritmo, su métrica constante y que el español se habla precisamente en octosílabos. Un constante uso de esta característica no sólo fue muestra de su educación poética y la apreciación auditiva de la que era capaz, pues sus rimas y cambios de ritmo en cada composición no le salen de chiripada.

De alguna manera ya fuera intuitiva o no, Juan Gabriel lo llevó a su música, nos cantaba anécdotas y nos hablaba canciones. Es por ello que la identificación a nivel popular rebasó los estereotipos y llegó más allá de las fronteras mexicanas para alcanzar incontables almas en toda Latinoamérica.

¿Y por qué admiramos a Juanga?

Existen otras figuras destacables como José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y José José por supuesto, pero por momentos pareciera que, a pesar de la calidad de sus creaciones o el que han dejado a lo largo del tiempo, no hablan con la misma sinceridad como hiciera Juan Gabriel, a la que quizá se acerca tentativamente Joan Sebastian.

En una nación donde la violencia crece día con día y ser homosexual (o de cualquier preferencia que rompa con lo tradicional) sigue siendo un tabú y aún más, considerada muestra de ridiculez, de mamonería, tendría que ponernos a pensar: ¿por qué admiramos a Juanga? ¿Por escalar en los estratos sociales y enfrentarse a las adversidades de una condición socioeconómica carente? ¿Por atreverse a desafiar los estereotipos nacionales?

Lamentablemente, lo que le reconocemos es haber llegado a un lugar tan grande en la constelación de astros mexicanos, siendo un artista de preferencia sexual «que se ve y no se juzga» o de actitud «afeminada». De personalidad que algunos consideran con mal gusto o incluso «naca» y que a pesar de ello, siendo cierto o no, siempre trató de mantener un contacto cercano con su público.

Más allá del cariño o identificación que logran obtener del público las letras de sus canciones, admiramos su «valor» para ser un cantautor no viril en una tradición de machos y corridos. No obstante, él así amó a su país y a su gente, mostrándose siempre agradecido, aún a pesar de todo.

«Déjame vivir de esta manera
Te quiero tal y cual sin condiciones
Sin esperar que un día, tú me quieras como yo
Consciente estoy mi amor, que nunca me querrás»

Imagen destacada: Saúl de León