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“En Paris no tiene tanto chiste ser güera.”

 

Por Rodrigo Fiallega @RodrigoFiallega

Si Faulkner decía que sí querías hacer una obra universal, el modo de hacerlo es hablar de lo que pasa en tu barrio, el cine mexicano ha querido ser el contrapunto de esto. Por tradición, el cine nacional ha pensado que la única forma de hablar con profundidad y de manera “seria” es hablando de las clases bajas, de los jodidos, revolcarse en la miseria de los otros. Extraña manera de ver el acercamiento a la realidad en un medio que justamente por cuestiones económicas y sociales está generalmente hecho y dominado por gente proveniente de clases acomodadas.

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Probablemente Arturo Ripstein sea por antonomasia el máximo exponente de este arquetipo: el cineasta proveniente de una clase oligárquica que película tras película la única forma que encuentra de profundizar en el alma humana es hablado de la realidad social que tiene más alejada de sí mismo (y que, desgraciadamente, hace muchos años está ya agotada en su lenguaje y temática). Vergüenza, evasión de la propia realidad, intento honesto de exponer las injusticias sociales en un país donde precisamente uno de los mayores problemas es la desproporcionada desigualdad de clases, no lo sé. Pero el caso es que el único modo que tradicionalmente existe de que se hable de las clases acomodadas es siempre en tono de comedia burda con meros fines comerciales, quitando todo atisbo de realidad, como si los ricos realmente fueran algo que en este país no existiera a pesar de tener México a uno de los hombres más adinerados del mundo: irónicamente, imagino que no hablar de los ricos de forma seria es una forma retorcida justamente de negar los problemas sociales del país. Afortunadamente, esto ha ido cambiando en los últimos años.

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De manera más reciente han surgido algunos cineastas con una visión propia que no han tenido el más mínimo remordimiento de hablar, profundizar, criticar y autocriticar la clase social de la que provienen. Tal vez los ejemplos más notorios sean Carlos Reygadas y Michel Franco. Batalla en el Cielo o Post Tenebras Lux del primero, y Daniel y Ana y Después de Lucía del segundo, son pruebas no sólo de que los ricos también lloran, sino de que es posible hacer un cine profundo y crítico sin pensar que el evidente sufrimiento que la pobreza económica acarrea es la única forma de hacerlo. Tanto Reygadas como Franco no sólo han demostrado que se mueven como pez en el agua dentro de la clase social que los vio nacer, sino que son capaces de observarla con ojo crítico y analítico, pero sin ejercer un juicio de valor sobre ello.

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Esta semana se estrenó comercialmente, con casi dos años de retraso, Los Muertos del director Santiago Mohar Volkow. La anécdota es tan sencilla como el deambular y el ir de fiesta en fiesta de un grupo de adolescente de clase acomodada. Anécdota que da suficiente como para hacer una incisiva crítica observacional sobre el problema de fondo que trae el tenerlo todo: es decir, no tener nada. Estos adolescentes sin preocupaciones reales han colmado a tan temprana edad todo deseo y posibilidad que el vacío existencial los carcome y los obliga a buscar todas las formas posibles de salir del tedio y la rutina. No se trata del camino fácil de hablar de los jóvenes adinerados de este país y sus típicas prácticas de prepotencia y corrupción, sino una honesta mirada interna a la muerte anímica que conlleva el no tenerse que esforzar por conseguir nada. Porque sí (y no estoy echando a perder la trama de la película diciéndolo), sí hay muertos en la película… pero de los muertos que se habla es precisamente de los protagonistas que están vivos. Y es que la clase alta de este país, por mucho dinero que tenga, no deja de ser también una clase alta del tercer mundo que vive sin la menor conciencia de su realidad, llena de prejuicios hacia “los otros” (los que no son de su clase) y que daría lo que fuera por no vivir en México sino en Europa o New York, pero que a la vez son suficientemente inteligentes para saber que en cualquiera de esos lugares sus privilegios se verían muy mermados. Es esa juventud que sería incapaz de subirse al metro en su país pero que cuando va a Londres se toma selfies en el underground. “En México todos los hombres son unos machistas, las mujeres unas pendejas y todos los morenos te quieren secuestrar.” -perfecta frase que resume la cosmología de los “cachorros de la oligarquía” que la película intenta retratar.

Formalmente, la película de Mohar Volkow es humilde pero sincera. No hace alarde de la técnica y prefiere concentrarse en el tedio de los personajes. El único recurso narrativo que utiliza para dar énfasis a este total bucle de aburrimiento es la repetición: varias veces volvemos a ver momentos que ya han pasado pero vistos desde el punto de vista de otro personaje que no está en el quid de la acción, metiéndonos un poco más en lo absurdo de ciertas actitudes y acciones que los personajes hacen para intentar de manera desesperada de salir de su rutina de fiesta eterna.

Habrá que ver cual es le futuro de Mohar Volkow con sus próximos proyectos. No sé si llegue a estar a la altura de Reygadas o Franco, pero se agradece siempre el cine sincero y sin tapujos. Dicen los sociólogos que la madurez de un país llega cuando es capaz de la autocrítica a conciencia. A México le falta un largo camino como sociedad, pero el hecho de que comiencen a surgir cineastas capaces de estar por encima de las vergüenzas y rencores de clase, es un gran paso. Un gran paso justo para que los muertos puedan llegar a convertirse en vivos algún día.