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“Así no somos en México, eh, Natalia… ¿Te llevo un tequilita?”

 

Hace pocas semanas, el caso de unos jóvenes de clase alta de Veracruz quienes supuestamente violaron a una chica y por gracia de su clase social han quedado impunes, inundó e indignó a las redes sociales de este país. Igualmente, hace unos meses, el video que comienza a hacerse costumbre del Instituto Cumbres, donde los pequeños vástagos de la oligarquía de este país demostraban su clasismo y machismo con total orgullo y cinismo, fue otra comidilla de las redes sociales. Recupero estos dos casos aislados para exponer por un lado el problema de agresividad sexual que se vive en este país (hace unos días se celebró una multitudinaria marcha en contra de la violencia machista), y por el otro, lo fuera de realidad e impune que es la vida de las clases más altas de México.

Tal vez por esto no es gratuito que una película como Los Muertos de Santiago Mohar se estrene casi a la par que Me quedo contigo del artista visual Artemio Narro. Tal vez tampoco es casualidad que ambas hayan sido filmadas hace dos años y que con muchas dificultades estén apenas siendo exhibidas hasta ahora.

Si justamente en otro texto ya hablábamos de la película de Mohar, ahora toca adentrarnos en la obra de Artemio cuyo primer proyecto cinematográfico nació a partir precisamente de la reflexión de la violencia contra las mujeres y los feminicidios en Ciudad Juárez. Y si bien, las protagonistas de su película pertenecen a la clase más privilegiada de este país, me parece que en su caso es más algo secundario y un vehículo para conducirnos hacia lo que el artista quiere demostrar que el meollo conceptual de la película (a diferencia de Los Muertos). Pero para ello, primero conozcamos someramente de qué se trata la película.

Una joven española (por antonomasia, todos los extranjeros europeos en este país pertenecen a la clase alta… si no por economía, al menos por alcurnia cultural) llega al D.F. en busca de un novio que le promete amor eterno (interpretado por Diego Luna) pero que permanece ausente durante toda la película. Al llegar y no estar el amor de su vida, y un poco también por librarse del insoportable y exageradamente amable mejor amigo del novio, decide ir de fin de semana con tres de las amigas de este: una “líder”, notoriamente hija de un muy alto pudiente de la sociedad mexicana y sus dos “patiños”. Esta líder (increíblemente interpretada por Ximena González- Rubio) es el máximo arquetipo de ese macho alpha con poder ilimitado pero en mujer: una leona cínica que se come todo lo que tenga enfrente para intentar saciar ese hambre permanente de vida que da el tenerlo todo sin tenerse que esforzar por nada. En su afán de divertirse y hacer cosas nuevas, terminan yendo a un bar de vaqueros, en donde se ligan a uno y, llevando una cosa a la otra en su juego, terminan secuestrándolo y abusando de él en todas las formas imaginables. Si el sexo de víctima y verdugos fuera el inverso, la anécdota probablemente ni nos llamaría la atención, excepto que, justamente, no es así. Y aquí es donde comienza la reflexión de Artemio no sólo acerca de los roles de sexo sino del origen de la violencia en sí misma.

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Por un lado comenzamos preguntándonos si la víctima de cierto modo se “merece” lo que le está pasando: es notoriamente un macho para quienes las mujeres son sólo objetos y que incluso en los peores momentos en que está siendo vejado por las cuatro mujeres sus amenazas hacia ellas van siempre en tono sexual. De hecho, el detonante para que Natalia, la chica española, tan ingenua como civilizada, termine uniéndose al festín de abusos es cuando el vaquero la amenaza directamente a ella (que, por otro lado, no es gratuito que sea extranjera ya que esto no sólo la saca un tanto del contexto social de la película para que sirva mejor primero de observadora, sino que le da un toque “camusiano” existencialista).

Después, nos preguntamos si finalmente la violencia femenina no termina siendo más brutal y superlativa justamente porque vivimos en una sociedad en que normalmente son los hombres quienes violentan y se violentan, y que cuando esto se invierte, las mujeres miden menos las consecuencias de esos actos.

Finalmente, cambiando el tema del rol de sexos por el de clases sociales, pensamos qué es peor y menos comprensible: si, por ejemplo, los crímenes del narcotráfico a causa de la pobreza y la ignorancia o los de la clase alta justificados por saberse tan aburridos como impunes (recordemos el caso de los violadores que mencionaba al inicio). Tal vez al final, resumiendo estas dos últimas reflexiones, el problema real es que en el mundo de la inmunidad los peligros no se miden porque simplemente nunca nada tiene consecuencias.

La lectura de la película, como se ve, puede tener muchos niveles.

Y si bien a nivel cinematográfico resulta más bien pobre a pesar de intentar jugar con ciertas convenciones (e incluso quererse burlar de ciertas convenciones), creo que es más su falta total de pudor y posiblemente el rechazo inconsciente a querer aceptar la crítica y reflexión que Artemio propone, lo que ha hecho tan difícil su acceso a ciertos festivales y con mayor razón a la  exhibición.

Tal vez también lo que no se ha comprendido es que la obra es conscientemente una exageración del cambio de roles, del problema de clases, de la violencia misma… y la clave de esto nos la da aquel amigo del novio que ya mencionamos: es tan amable y atento, tan “mamá”, a un punto no sólo que llega a ser cómico e incómodo, que entendemos claramente que es una exageración intencional para contraponer la violencia desmedida que después generarán las cuatro mujeres.

Y, finalmente, si esto no es razón suficiente para recordarnos que como toda obra artística es creación de su autor y no forzosamente un reflejo exacto de la realidad, es no olvidar que la película comienza con un grito de “acción” y termina con uno de “corte”. El cine no deja de ser cine, por mucho que nos genere pensamientos y sentimientos, y nos lleve por los caminos más oscuros al alma humana