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Por: Daniela Carral Cortés

Monumento mínimo fue una instalación efímera con la que Néle Azevedo (artista brasileña), intervino varias plazas públicas alrededor del mundo, desde el 2005 y por varios años siguientes. A lo largo de casi una década, los “muñecos” hechos a base de hielo, fueron vistos en ciudades tales como La Habana, Berlín, Florencia, Paris, Tokio, Singapur y la Ciudad de México, por mencionar algunas.

En el Imperio Romano se formalizó la práctica de hacer monumentos, con la finalidad de que personajes importantes fueran recordados , incluso después de muertos. Se conmemoraba a los emperadores con grandes estatuas colocadas generalmente en alguna plaza principal. El tamaño era proporcional a la importancia que se le otorgaba al legado de la persona retratada.

La práctica era una forma de otorgar inmortalidad en mármol o en piedra a la persona en cuestión, preservando su recuerdo en la memoria de los habitantes de la metrópolis durante muchos años venideros.

Durante los siglos siguientes la costumbre continuó y aún en la actualidad, los monumentos de presidentes o figuras públicas importantes , forman parte del panorama cotidiano de las ciudades modernas.

A diferencia de los monumentos antiguos que se interesaban por la inmortalidad, la pieza de Azevedo más bien nos recuerda sobre nuestra condición finita.

El hecho de que las esculturas estén hechas de hielo, imposibilita que duren mucho tiempo fuera del congelador.  La falta de cara de las esculturas logra que la obra se manifieste ante el objetivo principal de un monumento, que pretende funcionar como un retrato idealizado de alguien para indicar poder.

La pieza, por el contrario, propone que cualquier persona sin distinción de edad, sexo o clase social, pueda estar representada en alguna de las figurillas, aludiendo a una utópica democracia en la que todos somos iguales.

El título Monumento, obliga al observante a adoptar una actitud solemne, similar a la que se adquiere cuando se contempla uno de piedra.

La selección de las ciudades en donde se llevó a cabo la intervención urbana no fue hecha al azar. La artista hizo un estudio previo de cada lugar, con la finalidad de que contrastara con los monumentos de las mismas.

En la actualidad estamos acostumbrados a lo grande, a la arquitectura vertical de los rascacielos, los puentes y los segundos pisos. Nos resulta ajeno mirar para abajo, acercarnos para ver con detalle. La pequeñez del Monumento mínimo se opone a la verticalidad, es más íntimo el encuentro que se lleva a cabo entre éste y el espectador.

Aunque en un principio el cambio climático no era el discurso conceptual de la obra, también fue interpretada como una advertencia sobre el calentamiento global. Muchos espectadores la entendieron como un comentario sobre la forma en que poco a poco hemos destruido la Tierra, poniendo en peligro la especie humana.

Los soldados de brazos y piernas de hielo se desvanecieron bajo el sol ardiente de un día cualquiera en la ciudad de Berlín. En menos de 30 minutos, el único rastro que quedaba era un charco tibio adornando el pavimento; metáfora para el rápido crecimiento del nivel del agua de los mares que amenaza nuestras costas. La obra genera una especie de efecto “vudú”; resulta casi doloroso ver las esculturas derretidas en el suelo. Sin duda, cualquiera de las lecturas resulta interesante; la pieza invita a la reflexión de varios temas que nos competen en la actualidad, es un reflejo de diversas inquietudes de la sociedad contemporánea.