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Plaga Serena de Iván Ballesteros Rojo

Por Joel García*   Imágenes Venecia López

Hubo un tiempo de mi vida donde pasé muchas –demasiadas- horas metido en un lugar que fue conocido como casa cultural Gregorio, ubicado en el mero centro histórico de Hermosillo. Dicho lugar fue concebido por un grupo de amigos  entusiastas de vivir la literatura con romanticismo; una conjura de sesgados emuladores de escritores que admirábamos y leíamos. Ahora que lo veo en perspectiva y le busco algo de sentido a esa etapa de mi vida,  entiendo que Casa Gregorio estuvo inspirada, quizá, en el legendario movimiento okupa de los años 60. El cual, como sabemos, perseguía recuperar casas y espacios abandonados con la intención de re significarlos y darles otro uso. A nosotros nos interesaba -aparte de la exquisita autodestrucción-, construir un espacio independiente, alejado de las instituciones culturales y de las mafias literarias (aunque todavía es hora que no me queda muy claro a qué mafias literarias le rehuíamos, puesto que en Hermosillo apenas hay lectores-escritores) Pero les decía, se trataba de hacer un lugar orgánico, donde pudiera suceder el fenómeno  de la cultura. Eso era la Gregorio. O al menos eso me gustaba imaginar que era.

Fue precisamente en casa Gregorio donde realmente conocí o empecé a conocer al que años después sería el autor de Plaga Serena (Salto Mortal, 2016.)

En una ocasión,  cierta madrugada y después de haber bebido enormes cantidades de cerveza mezclada con barbitúricos de todo tipo y por varios días continuos,  atascados en una conversaciónn banal y escuchando la misma canción de Andrés Calamaro; fue que Iván Ballesteros Rojo (Barrio la Olivares, 1979.) me soltó a quemarropa una frase que, en el momento atrajo poderosamente mi atención y hasta el día de hoy sigue teniendo cierta resonancia y repercusión en la forma de entender el fenómeno literario.

Iván se puso serio  y soltó, con voz pastosa y mirándome a los ojos, palabras más, palabras menos, lo siguiente:

“A mí lo único que me interesa de la literatura es poder rescatar la espesura de lo real,  la negritud de la existencia y explorar el abismo. Eso es lo que persigo”. Soltó. Y seguidamente, dio un trago arrabiatado a su bebida, acabando con violencia su contenido.

No supe cómo reaccionar o qué decir frente a semejante declaración de principios.

Recuerdo que pensé en una película sobre la vida de José Alfredo Jiménez y apresuré mi cerveza.

Seguidamente se hizo un largo silencio donde me cuestioné para mis adentros si acaso estaba frente a un verdadero escritor en ciernes. Esa pregunta duró abierta varios años. Hasta que leí sorprendido Bungalow (Tres Guayabas, 2015).

Hay que decir que, por aquellos desenfrenados años, todos mis amigos que frecuentaban la Gregorio, hablaban de literatura todo el tiempo, a todas horas, pero, curiosamente, nadie escribía gran cosa, ninguno había escrito nada medianamente decente. Con aquella enigmática frase que Iván soltó a bocajarro, experimenté como si me hubiese lanzado un golpe seco al rostro y sentí cómo aquel lapidario fraseo recorrió mi precario sistema neuronal haciendo chispa, haciendo que algo hiciera sentido en mi embrutecido cerebro. Pero a la vez, fue como verme en un espejo. Era algo que personalmente tambén había intuido todo el tiempo. Pero que nunca había podido nombrar con tanta claridad. Esa también se parece a mi búsqueda, pensé emocionado por el hallazgo.

Al fin había descubierto súbitamente y en medio de una francachela demencial, los temas torales que habrían de interesarme, hasta la fecha, de la literatura. Y las lecturas llegaron. Recuerdo que esa mañana me fui a  dormir repitiendo como  un mantra: “negritud, negritud. Espesura, espesura de lo real. Eso es! de eso se trataba.

II

Me gusta pensar en el lugar común de que todo escritor siempre escribe sobre los mismos tópicos, los mismos intereses, las mismas preocupaciones y motivaciones estéticas o políticas. Soy aficionado también de la brevedad y considero que el cuento en ocasiones puede llegar a ser más  experimental que la novela. Aunque últimamente muchos autores se han encargado de desmentir esta vieja idea sobre lo breve, ensayando sendos experimentos narrativos de largo aliento. Pero finalmente creo en aquello que alguna vez dijo don Julio Cortázar en una mítica conferencia

-cátedra en la Habana, donde soltó lúdicamente sus postulados sobre el cuento , arguyendo que todo artefacto breve debe ser incisivo, mordiente y sin cuartel desde las primeras frases y por lo tanto debe ganar al lector por knock out.

Por eso, cuando leo la Plaga y descubro cómo el autor esculpe meticulosamente, con economía de lenguaje, cierta tensión dramática que pareciera no decir nada, pero que potencializa los significados ocultos para decir mucho, eligiendo las palabras precisas, knockeando a su manera al lector:

“Te pagan para matar soplones, mala pagas, todas mías, rateros y pervertidos…Es importante saber quién es la persona que te contrata. Tienen que ser odiadores genuinos o negociantes profesionales….Sólo ellos están convencidos y aun así, en el último momento, resisten. También sé de un tipo de ciervo que se entrega al cuchillo con mansedumbre…”

Es inevitable no pensar que en la narrativa del Iván hay un tema recurrente: el mal. Las perversiones de la condición humana. Como se evidencia en el anciano personaje del relato “Nieves y juegos dolores” que gozaba con el amor de niñas, dándoles a probar su añejado semen en deliciosos conos de nieve. O como sucede en el relato titulado “regalo de bodas”, donde el personaje principal se asegura que su desquiciada esposa logre sus instintos suicidas.

III

Cuando leo la exquisitez de una filosa pluma que, se intuye pertenece a alguien que gusta de contemplar la vida a través de un prisma melancólico y ligeramente ahumado por la grisura de lo real, decir: “La mayoría, ya sabes, eligen cerveza. Están también los que beben jai-boles mientras observan la lumbre de la fogata como si allí exculparan sueños rotos: rostros antiguos, palabras prohibidas que se van consumiendo en el fuego. Melancolía de borrachos. El mar, al fondo, iluminado apenas”. Pienso en Onetti y en su atesorado mecanismo del acontecimiento literario, donde la materia literaria invade la realidad.

En este sentido, la voz que se escucha de fondo en Plaga serena me hace regresar inevitablemente en el tiempo y recordar con emoción y no poca nostalgia aquel fraseo implacable en medio de aquella  etílica y lejana madrugada desde donde Iván esbozaba ya, sin siquiera imaginarlo, el leitmotiv de su propia narrativa.

*Joel García. (Hermosillo, 1978). Es fotógrafo, ensayista y narrador. Colabora con distintas publicaciones electrónicas e impresas.