Revista Picnic logo

Cada vez falta menos para el festival Corona Capital y no cabe duda de que la nostalgia que nos inspiran los clásicos emociona a personas de todas las edades. Aún con un gran listado de nuevas propuestas no tan conocidas en nuestro país, Pet Shop Boys emociona hasta a los más jóvenes con alma de señora moderna.

Y a pesar de que la brecha generacional entre la concurrencia regular al CC16 y quienes realmente crecieron escuchando al dueto londinense, es bastante amplia, no hay justificación para decir que a un sector le guste más que a otro. Pues ¿cuántos adolescentes y adultos jóvenes no han atravesado por esa etapa “los ochenta eran mejores”? Quien lo niegue, que lance la primera piedra.

Tal vez no a todos nos tocó el crepé, las arracadas con chaleco de mezclilla y los colores estridentes como paleta de colores de una época. Pero justamente, más de uno, tenemos a un padre, un hermano o a una prima que nos heredaron sus gustos y nos educaron con sus mixtapes llenos de electro pop. Una de las canciones esenciales era, evidentemente “New York City Boy”.

Antes de que la educación musical fuera prolífica y diversa gracias a las plataformas de streaming, lo que “cachabas” en radio, era lo que oías. Recuerdo que de niña mis papás escuchaban mucho Universal Stéreo y Mix 106.5, justo antes de que Toño Esquinca se convirtiera en el gurú de la superación personal.

Entre los éxitos de Madonna, Tears for Fears y ocasionalmente A-HA, uno podía escuchar “Always on My Mind” varias veces en un día. Mucho antes de que fuera retomada por Telcel hace algunos años para musicalizar sus comerciales.

Por alguna extraña razón, una de las cosas que recuerdo de los trayectos de la escuela a casa con mi mamá era justamente esa canción. Aún con una fuerte presencia del estereotipo de la madre mexicana que musicaliza su vida con Luis Miguel y Chayanne, existe otra clase de mamá moderna, cuya onda transita más entre Erasure y No Doubt. Aunque también hay un montón de papás cool con tatuajes de Depeche Mode.

Sin darse cuenta, uno crece escuchando los sintetizadores de esa década, sobre todo en estaciones radiofónicas “de señor”. Y termina por agarrarle el gusto a Stereo Cien. O incluso, si no tenías a ese familiar que te indujera al oscuro mundo de los clásicos de su juventud, otras estaciones que le tiraban más al mainstream o de un corte más pop, a ratos, o ya después de las nueve de la noche llegaban a poner “Love etc”. Y creo que fue el primer acercamiento consciente de muchos al elegante sonido electro del dueto londinense.

No obstante, Pet Shop Boys también tiene su lado menos familiar. Si bien desde un principio negaron a toda costa cualquier referencia a hacia la homosexualidad – tengamos en cuenta que no siempre ha existido la misma apertura cultural hacia las preferencias no heterosexuales – se han convertido en un estandarte de la comunidad gay. En especial la canción “It’s a Sin” que fuera compuesta con una evidente y fuerte crítica hacia la educación católica que recibiera Neil Tennant en su juventud.

A pesar de los rumores que los han perseguido por años, Tennant y Chris Lowe nunca han confirmado tener una relación sentimental entre ellos. Sin embargo, como diría Juanga “lo que se ve, no se pregunta”. Aunque entre ellos no exista una relación más allá de los beats, los lentes oscuros de enorme tamaño, las estolas de colores y el espectáculo que arman en vivo claramente han sido una manifestación de las preferencias de ambos.

Entre las banderas de colores, las nostalgia radiofónica o hasta remembranzas de joven ochentero, una de las canciones imprescindibles por siempre, para entrarle a Pet Shop Boys, es “West End Girls”. Su primer gran éxito, que incluso fuera elegida en Reino Unido como la canción más icónica de 1984 a 1994.

Tennant con mayores tendencias hacia la música clásica y Lowe con mayores inclinaciones hacia el dance, por su parte, desde el inicio de su trabajo en conjunto, lograron una mezcla que los ha hecho únicos a lo largo de alrededor de treinta años de trayectoria.

En su último disco Super, recuperan muchos de los elementos que los caracterizaran al inicio de su carrera. Tal producción realizada en colaboración con Stuart Price ha sido considerada como uno de sus mejores discos desde principios de los noventa. Si pones “The Pop Kids” sin saber que es uno de sus sencillos más recientes, definitivamente suena como una vuelta a principios de los ochenta pero con una onda que le llega hasta a los huesos hasta al millenial más amargadito.

Es cierto que ya han venido a nuestro país en más de una ocasión, pero sabemos que la experiencia en venue cerrado es muy distinta a la de festival. Y esperamos su presentación como uno de los momentos pop cumbre del festival.

A muchos puede no latirles e incluso incomodarles la fuerte presencia gay en sus presentaciones. Pero a Corona Capital no hay que ir con prejuicios, sólo con muchas ganas de pasarla bien sin malacopear, entre toda clase de personas que se reúnen por el gusto de volver a bailar los recuerdos y por las ganas de loquear.