Revista Picnic logo

Con el proyecto #MásCineMexicano del Cine Tonalá, se presenta el tercer largometraje de Enrique Rivero: Pozoamargo (Mex, 2015). Una línea descendente que narra las intensiones cuasi románticas de un hombre por escapar de su vida y de una enfermedad que lo ha hecho entrar en profunda depresión.

Rivero tiene un excelente ojo y una sensibilidad notable para establecer sus planos y para generar espacios poéticos, románticos; un tanto existenciales. Planos abiertos que se comen al personaje que diminuto, recorre lado a lado. Planos lentos, con vida dentro de ellos. Colores ocres que remiten a un naturalismo pensando por Velásquez, a un paisajismo figurativo en el que podemos ver algo de Jose María Velasco. Cada plano nos va adentrando en el conflicto del protagonista, en su constante lucha contra lo natural, contra la vida misma que lo va consumiendo cada segundo que pasa. Es como si el personaje eligiera una última gran batalla contra una fuerza que nadie puede controlar: la naturaleza, la vida.

Pozoamargo en un pueblo de la España profunda, de la España de Cervantes; donde los hombres andan por los grandes campos y son absorbidos por esos atardeceres que pueden derramar locura. Pozoamargo es vida, es un respiro para Jesús, el protagonista que decide hundirse en alguna barata habitación viendo telenovelas y masturbándose para por unos segundos, olvidar que está enfermo. Jesús construye una pequeña/nueva vida en este pueblo profundo. Trabaja la tierra, se lía con algunas mujeres que a nuestros ojos son símbolo de las etapas de la vida: madurez y juventud. El protagonista se va hundiendo cada vez más en su culpa, en sus ganas de no vivir.

Una producción sencilla pero compleja en el fondo. Espacios abiertos, una ambientación naturalista y sobria, acompañan el drama que Rivero nos desarrolla con un tempo apropiado para su melodía romántica, una pieza que se va desenvolviendo natural y cotidiana. El pueblo se convierte en testigo de la agonía de este hombre que se convierte en un simple recuerdo.

Para el tecer acto, Rivero propone una fotografía en blanco y negro. Claroscuros cargados, pesados. Jesus está por llegar al fondo Pozoamargo. La realización de Rivero es conmovedora, a veces remite a Bergman y su carga existencial, otras a Béla Tarr y sus reflexiones hacia el destino. El tercer acto de la película nos abre caminos y nos propone una reflexión hacia los temas que siempre estuvieron presentes en esta obra. Nos confronta, nos habla de tradición y de destino.

Pozoamargo se puede sumar a una lista de películas que buscan reflexionar la muerte como posible escape de un tormentoso presente, como posible respuesta al vacío de las metrópolis y sus consecuentes caminos. Japón (Mex,2002) de Carlos Reygadas y Paraísos Artificiales (Mex,2011) de Yulene Olaizola, podrían continuar con esta conversación, podrían ser vista como parte de una misma familia, que más allá de contar la historia de un personaje ficticio, nos narran los oscuros y trepidantes caminos de personas que huyen y que eventualmente se encuentran.