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A manera de explosión visual, de “rush” plástico (con todo lo que este estado alterado implica) se presenta el filme Videofilia: y otros síndromes virales, ópera prima de ficción de Juan Daniel F. Molero.  Un verdadero viaje por los espacios inconclusos, filias alternativas y drogas que permanecen en el inconsciente toda la vida.

La historia es simple: un chico y una chica comienzan una relación casual y moderna. Se conocen por un chat, se invitan a “coger” y es ahí dónde ambos se empiezan a conocer de verdad. Rodeados de un Perú gris, deprimente, con intenciones de ser moderno, de ser Bogotá o Santiago, pero que presume de una insalubridad visual marcada, una especie de ciudad atrapada, como sus dos personajes principales.

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Una plástica cutre, a manera de falso documental, a manera de falla, a manera de los noventas en cualquier país latinoamericano. Video: ese invento del demonio que le dio alas a todos lo jóvenes de poder incrustar sus vivencias en una cinta. Video: ese mercado que hizo al cine accesible, que lo volvió un tanto cutre, un tanto eterno, lo convirtió en realidad casera, en desventura digital. El video se muestra como el elemento que nuestros protagonistas utilizan para sentirse algo, para dejarse ir. Video; la industria indicada para entender la pornografía, la forma acida de la imágenes. El video es juventud, es novedad, es morbo y desconsuelo.

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Una historia abrupta. Te sientas en la butaca y comienza la experiencia del lcd, del acido en tu mente, de un “malviaje” que concluye en “bajón” con frío a las once la mañana en tu cama, sin hambre, acaso con un par de lágrimas que escondes con sueño. Así nos presenta el autor su obra, es agresivo, quiere que veas las drogas de frente, que las consumas con los ojos. Como Terry Gilliam con su “Fear and loading Las Vegas” (EUA, 1998) Con ansia, con autodestrucción, con un cascajo de imágenes que son lo que va quedando de una generación sin utilidad, pedazos de vida, de relaciones basadas en obsesiones y falsas salidas; Gaspar Noé (Love, Enter the void) nos podría decir que son parte de todo un inconsciente, son lunáticos, nos “nuevos románticos” o solo las sobras de humanidad, el desprecio de las calles y de la vida misma.

Así funciona el filme, con agallas. Nos conduce por la desintegración de la vida, sus vías; el video, las drogas, las fantasías y el excesivo hedonismo de los personajes, el placer máximo que termina por convertirlos en mártires de su propia sociedad, ángeles sin alas como plantea Allen Ginsberg a los de su beat generation.  

Es -sin duda- un filme que genera más preguntas que respuestas.